| Si en América Latina no se hubiesen librado esas gloriosas luchas, no habría hoy gobiernos de izquierda y progresistas. |
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| Miércoles, 17 de Febrero de 2010 14:44 | |||
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Presentación de la edición cubana de Con sueños se escribe la vida, de Salvador Sánchez Cerén, publicada por la editorial José Martí. Roberto Regalado, politólogo 16 de febrero de 2010, La Habana, Cuba
Con sueños se escribe la vida es un libro multifacético. Es un libro autobiográfico y de memorias que aporta materia prima para la Historia, la Filosofía, la Ciencia Política, la Ética y otras disciplinas. Salvador Sánchez Cerén, vicepresidente y ministro de Educación de El Salvador, y miembro de la Comisión Política del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), más conocido durante la mayor parte de la guerra revolucionaria librada en su país entre las décadas de 1970 y 1990 como comandante Leonel González, recupera en esta obra la memoria histórica de El Salvador y, al hacerlo, realiza un aporte muy valioso a la recuperación de la memoria histórica de Centroamérica y de toda América Latina. Posiblemente no haya en América Central y en el continente todo –afirmó el escritor y periodista Gregorio Selser– un ejemplo igual al que ofrece la historia de la república de El Salvador, en cuanto a la ostensible presencia de militares en el poder, en lo tocante a la continuidad de permanencia. La historia de América Latina hasta la octava década del siglo XX, es una historia de dictadura y autoritarismo, salvo excepciones que confirman la regla, como las de Chile y Uruguay antes de los años setenta. A partir del inicio de la guerra fría, cuando –también en condiciones excepcionales–, fuerzas progresistas y de izquierda llegaron al gobierno por la vía electoral, fueron derrocadas mediante la desestabilización y la violencia por el imperialismo norteamericano y sus aliados en la región. Así ocurrió con el gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala, en 1954, y con el de Salvador Allende en Chile, en 1973, mientras que la Revolución Boliviana de 1952 perdió su propio rumbo. Menos de cinco años después del derrocamiento de Arbenz, el triunfo de la Revolución Cubana revela que, en aquellas condiciones, la lucha armada era la única que abría posibilidades de romper con el sistema de dominación imperante en América Latina, y que esa ruptura solo podía ser completa y efectiva si su definición era socialista. Poco más de catorce años después, el golpe de Estado contra Allende lo ratifica. Los primeros brotes de lucha armada en El Salvador se producen entre 1968 y 1970, en medio de una avalancha de nuevos movimientos obreros, campesinos, femeninos, juveniles, estudiantiles y cristianos, que no solo son objeto de la represión oficial, sino de la acción terrorista de los también nacientes grupos paramilitares de derecha. A esa represión se suman los fraudes que despojan del triunfo a los candidatos presidenciales de la Unión Nacional Opositora en las elecciones de 1972 y 1977, y en las legislativas de 1974 y 1976. En esta etapa, se producen las masacres del 28 de febrero y el 1ro. de marzo de 1977 contra las manifestaciones de protesta por la viciada elección presidencial del general Carlos Humberto Romero. La guerra –explicaba uno de los más prestigioso líderes históricos del FMLN, Schafik Hándal– fue la consecuencia directa de la imposibilidad de hallarse una solución legal, democrática y pacífica al injusto, opresivo y represivo sistema económico-social y político imperante en El Salvador. El autor del libro que esta tarde presenta la editorial José Martí a los lectores cubanos, se incorpora en una fecha muy temprana a las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL), la primera de las cinco organizaciones político militares que emprenden la combinación de formas de lucha, incluida la lucha armada, cuya unidad cristaliza el 10 de octubre de 1980 mediante la fundación del FMLN. Con honestidad y valentía Leonel relata aquí las trágicas circunstancias en las cuales asumió los cargos de primer comandante de las FPL y miembro de la Comandancia General del FMLN. Su trayectoria como sindicalista, dirigente de una organización político militar, comandante guerrillero, participante en la negociación de los acuerdos de paz, actor destacado de la metamorfosis del FMLN en partido político, Coordinador Nacional de ese partido, legislador y, en la actualidad, segundo funcionario gubernamental de mayor jerarquía en la República de El Salvador, lo avalan como protagonista principal y testigo excepcional de la historia de su país durante las últimas décadas del siglo XX y las primeras del siglo XXI. Además de una conmovedora historia personal, que sin dudas lo es, Con sueños se escribe la vida es la historia de una de las organizaciones políticas de la izquierda latinoamericana que despierta más interés y recibe mayor apoyo y solidaridad continental e internacional. Ello obedece a que la transformación del FMLN de movimiento insurgente a partido político constituye una experiencia emblemática –por supuesto, no exenta de dificultades–, del cambio ocurrido en América Latina entre 1989 y 1992, momento en que se cierra la etapa histórica abierta en 1959 por el triunfo de la Revolución Cubana –uno de cuyos rasgos esenciales es el flujo y reflujo de la lucha armada revolucionaria–, y empieza la actual –cuyos sellos distintivos son la lucha de los movimientos populares contra el neoliberalismo y los avances sin precedentes de la izquierda en el terreno político electoral. El desplome de la configuración estratégica de posguerra –que había creado condiciones favorables para la descolonización del Medio Oriente, Asia y África, la batalla por un Nuevo Orden Económico Internacional, y la ola revolucionaria que estremeció a América Latina–, «sorprende» al FMLN en la cúspide de su desarrollo político militar. En la década de 1980, el FMLN era la organización insurgente latinoamericana que con mayor efectividad libraba la lucha armada, en una pequeña nación, sin grandes o apartadas regiones montañosas o boscosas en las cuales guarecerse, con una densidad poblacional que dificultaba el movimiento inadvertido de sus unidades guerrilleras y, por si todo ello fuera poco, ubicada en Centroamérica, zona que el imperialismo norteamericano considera su traspatio más inmediato, por lo que convirtió a El Salvador en un Estado contrainsurgente. Tras doce años de funcionamiento como organización político militar unitaria, la firma de los Acuerdos de Chapultepec, que pusieron punto final al conflicto armado salvadoreño, se erige en símbolo de lo mejor, lo más positivo, del cambio de época ocurrido en América Latina porque no significó el «abandono» de la lucha revolucionaria, sino la sustitución de una forma de lucha por otra. En la ceremonia de firma de esos acuerdos, el 16 de enero de 1992, vibró con firmeza la voz de Schafik cuando afirmó: Nosotros no estamos llegando a este momento como ovejas descarriadas que vuelven al redil, sino como maduros y enérgicos impulsores de los cambios hace mucho tiempo anhelados por la inmensa mayoría de los salvadoreños. El FMLN no fue el primer ni el único movimiento insurgente que recorrió el camino de la solución política negociada en los años noventa del siglo XX; tampoco es el único que mantiene sus convicciones y objetivos estratégicos tras haberlo hecho, pero sin duda alguna es el que con mayor efectividad logró convertir su acumulación político militar en acumulación político electoral. La elección del primer gobierno de izquierda en la historia de El Salvador, ocurrida el 15 de marzo de 2009, volvió a colocar al Pulgarcito, como lo llamaba Roque Dalton, en el foco de la atención mundial. Ese triunfo fue cosechado 77 años después de la masacre con que la oligarquía y el ejército reprimieron la insurrección campesina de 1932; 40 años después de los primeros brotes de lucha armada iniciados por los grupos de jóvenes que, como Salvador Sánchez Cerén, se rebelaron por la falta de canales pacíficos de transformación o reforma social; 29 años después que cinco organizaciones político militares se unieran mediante la fundación del FMLN; y 17 años después de la firma de los Acuerdos de Chapultepec. Cuando afirmamos que el acumulado de las luchas revolucionarias es la principal razón por la cual la izquierda latinoamericana ocupa espacios institucionales sin precedentes, el ejemplo del FMLN es el que de manera espontánea nos viene a la mente. Si en América Latina no se hubiesen librado esas gloriosas luchas, no habría hoy gobiernos de izquierda y progresistas. Si en El Salvador no hubiese habido un FMLN, combativo e invicto, no habría en la actualidad posibilidad alguna de canalizar las luchas populares por vías legales. La transformación política que tiene lugar hoy en El Salvador demanda un mayor conocimiento de la historia de esa nación: un mayor conocimiento para comprender y para impulsar esa transformación. Este conocimiento lo necesitan, en primer lugar, los propios salvadoreños, en especial las nuevas generaciones que no conocieron la opresión y la explotación dictatorial que obligó a sus abuelos y padres a empuñar las armas; y también lo necesitan las fuerzas democráticas, progresistas y de izquierda de otros países, que aspiran a retroalimentarse con los aportes de la izquierda salvadoreña a la teoría y la práctica de la construcción de nuevos paradigmas emancipatorios. A ese conocimiento contribuirá, sin duda alguna, la lectura de este libro. Muchas gracias
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